En pocas palabras

Cuento twittero.

mayo 16th, 2010 Posted in 2.0

Un par de días antes del Día del Libro (ya sé que eso fue el 23 de abril y que voy un pelín tarde con la noticia :-P) me encontré con una iniciativa twittera en la que estuve a punto de participar, pero llegué tarde. A @josepascua se le había ocurrido escribir un cuento colectivo a través de twitter y publicarlo posteriormente en su blog. La mecánica era bien sencilla: varias personas apuntadas en una lista iban sumando 100 caracteres al relato y enviaban un mensaje al siguiente de la lista para continuar.

El caso es que no me había vuelto a acordar hasta hoy, que he llegado por casualidad a ese post en el que estaba el cuento completo. Os invito a leerlo en su blog, donde se menciona a todos los autores. Yo me limito a reproducirlo aquí, con mi enhorabuena por la idea y por el resultado! ;-)

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CUENTO TUITERO (Vía El fondo de mis bolsillos)

Salió con las ojeras de siempre, pero adornado con una sonrisa. Los tenderetes ya estaban puestos. El colorido le deslumbró, pero no fue suficiente para detener su andar. Estaba decidido, era hoy el día. Nunca había tenido una sensación de vértigo similar y sus pupilas le delataban, fijas en un punto, tratando de no moverse para evitar el mareo. Aún así la angustia persistía tras comprobar que no había perdido habilidades. La ancianita que pasó junto a él creyó que abría el coche con una llave y no con una ganzúa.

Desde el balcón, una niña le perseguía con la mirada, y pudo observar la caída inesperada de la anciana junto a él. ¡Pobre niña! Se dio un tremendo susto y se puso a llorar… Entró en la casa para avisar a su madre y sus miradas se cruzaron, había una conexión extraña, como si ella le quisiera decir algo, que no entendía. Pero se hacía tarde y, sin darle tiempo de explicar, su madre ya iba escaleras abajo, peinándose el cabello con las manos y cerrando la puerta tras de sí. Regresó al balcón mientras su madre devoraba escalones hacia la calle.
La anciana seguía en el suelo y no parecía haber forma de incorporarla. Él se asustó. Intentó recordar lo que había aprendido tiempo atrás: comprobar pulso, respiración… ¿qué más? Se preguntó por qué recordaba cosas insignificantes, y olvidaba información que podía ser crucial.

Supo detectarlo: era el inevitable vértigo que le atenazaba en esos contados momentos en los que uno sabe que acaba de cruzar el Rubicón. Sabía que no debía quedarse allí y sin embargo, al ver a la mujer salir corriendo del portal y acercarse a la anciana caída ya no pudo pasar desapercibido. La mujer de brillantes ojos grises le acució para que le ayudase a llevar a la anciana al hospital. No podía hacer el puente al coche sin que los presentes se percatasen, así que decidió sacar al aire su personalidad solidaria para ocultar aquella otra que moría de ganas por usar la ganzúa.

La anciana emitía leves quejidos y trataba de incorporarse trabajosamente.

“Hay que llevarla al hospital, tengo el coche aquí mismo”, le dijo a la mujer de los ojos grises, incrédulo de sus propias palabras. De repente, el ulular de una sirena, tantas veces odiado, le había salvado. Una ambulancia torcía en la esquina dirigiéndose hacia ellos. La gente seguía acercándose, él quería irse pero la mujer le retuvo.

Mientras, la niña del balcón llamaba por teléfono: “¿Policía? Sí, quisiera denunciar a una persona, sí, es una vieja, o sea, una señora mayor”

“¿Donde están tus padres?” preguntó el policía extrañado ante la llamada. “Mi madre ha salido, pero le he dicho que hay una vieja mala, la veo desde el balcón y le ha robado algo del bolso a mi mamá”, explicaba la pequeña cada vez más enfadada. “Muy bien, cielo, cuando venga tu mami, dile que nos llame”. La niña colgó con mal genio, harta de que nadie le hiciera caso.

Mientras tanto, en la acera, la vieja ya estaba sobre la camilla y, con un rápido movimiento, los enfermeros la subieron a la ambulancia. Según se alejaba el ruido de la sirena, empezó a tranquilizarse el fracasado ladrón de coches. “Ha sido gracias a usted, usted ha salvado a la señora”, le dijo la mujer de ojos grises. “No ha sido nada, usted hubiera hecho lo mismo”, contestó él. Se despidieron con una larga mirada y una sonrisa. No volvieron a verse.

En la ambulancia, la anciana sacó algo de debajo de la rebeca negra. El enfermero se interesaba por ella sin dejar de vigilar los monitores. Ella miró lo que había cogido del bolso de la mujer. A duras penas pudo leer las letras de la portada. “Cuentos sobre naturales. Carlos Fuentes”. Silenciosamente empezó a llorar. El enfermero reparó en ello. “Vamos, vamos, que no ha sido nada. Enseguida estará bien y podrá volver a casa. ¿Por qué llora?”. Ella le miró tristemente y dijo: “Es que no sé donde tengo las gafas”.

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